Archivo para Octubre 2008
NO PODEMOS PERDERNOS.
TRANSPORTE PUBLICO
Encuentro en un blog una noticia gratificante: en una localidad de Francia, el transporte público será gratuito.Que duda cabe que este a sido el mayor lío generado por una política pública. Por una parte, generando una grave transtorno a la vida de muchos habitantes del Gran Santiago, con efectos sobre sus condiciones de vida. Ha sido el gran devorador de recursos financieros. Ha sido la causa principal del deterioro en la imagen del Gobierno de la Presidenta Bachelet, el espacio caido del cielo a los politicos de la Alianza para golpear y golpear al Gobierno y a la Concertación.
Sobre este tema hay demasiadas cosas dichas. Sin embargo hay una que no puede dejarse de lado: la necesidad de traspasar el transporte público a una modalidad de administración que, efectivamente, sea pública. En la hora actual de público sólo existe el nombre. Todo el sistema, excepto su financiamiento, está construido sobre las condiciones que agentes privados van determinando.
Lo que Chile necesita es contar con un sistema de transporte que sea moderno, eficiente, amigable con el medio, accesible. A mi juicio ello requiere de dos elementos centrales: un Gobierno con un claro Programa de Trabajo de Corte Social Demócrata, donde la idea de fortalecer al Estado no constituya un paradigma que se mira con desprecio o con miedo; lo segundo, generar una profunda reforma tributaria, que genere los recursos necesarios y suficientes para financiar un servicio – de este tipo y con esos indicadores de satisfacción – que sea accesible para todos y todas.
MUNICIPALES 2008.
En dos domingos más – el 27 de octubre – tendremos elecciones municipales. La Concertación nuevamente ganará estas elecciones. Sumarán, creo, 16 elecciones consecutivas donde la Concertación obtiene una mayor cantidad de preferencias que las otras coalisiones que se presentan al escrutinio popular. Ese es un dato contundente. A esta fecha, la derecha (la coalisión más fuerte y con mayores deseos de arrebatar el apoyo popular a la Concertación) ha perdido TODAS las elecciones en las que se presentó. Ello ocurrirá de nuevo.Eso en lo macro, en lo general, al momento de tirar “Raya para la suma”. Sin embargo en el desagregado, también nos encontraremos con una disparidad de situaciones que no serán menos verdaderas. Por ejemplo:
- La Concertación obtendrá más alcaldes;
- lo más seguro es que la lista de la derecha, individualmente, sea la más votada – recordemos que la Concertación, por primera vez, se postula con dos listas de Concejales -;
- la suma de votos de Concejales de las listas de la Concertación – listas C y F – sumadas, totalizarán más votos que las otras listas;
- la mayor cantidad de votos de las listas de la Concertación no significarán obtener más Concejales;
- la derecha, a través de los distintos medios de prensa que posee (prensa escrita – la Cadena del Mercurio; la cadena de La Tercera; televisión – Chilevisión, Megavisión, Canal 13, La Red), destacará como un dato relevante que la Concertación habrá obtenido menos votos que en la municipal pasada y, probablemente menos alcaldes y/o concejales que en la municipal pasada.
Cada cual interpreta los resultados como mejor les acomoda. Probablemente este supuesto se vuelva a repetir. Recordemos que la Concertación vive uno de sus momentos más complejos. Completará casí 20 años en el Gobierno, lo que ocasiona un desgaste de imagen. También está tensionado por un conjunto de situaciones y emociones adversas. Las más relevantes, a mi juicio, son aquellas que provienen desde los propios dirigentes y militantes de la Concertación que predicen el triunfo de la derecha en las próximas elecciones presidenciales, que ya todo está perdido, que ponderán “la alternancia” no como el resultado de una contienda política sino como una situación automática. Este tipo de afirmaciones erosionan la confianza, lastiman la autoestima, generan un profundo nihilismo. “No hay peor astilla que la del mismo palo“, indica la sabiduría popular. En este caso, no puede existir nada peor que la resignación pregonada por los propios aliados.
Por lo tanto, la derecha y sus medios de prensa – escritos y televisivos – van a destacar situaciones como las siguientes: a) que no seremos capaces de reconquistar comunas relevantes (Santiago, La Florida, Estación Central). Aquí el mensaje será, “la Concertación pierde estas comunas“, pese a que están gobernadas por alcaldes de la Alianza; b) que hemos obtenido menos votos y/o menos alcaldes y/o menos concejales que en la elección pasada. Lo que equivale a decir que el triunfo de Colo Colo sobre la Universidad de Chile es menos meritorio o es menos triunfo por haberse logrado con menos goles que el triunfo anterior, o calcular la sumatoria de los goles obtenidos por ambos equipos a lo largo de la historia de sus “clásicos”; d) que perdimos alguna comuna ·emblemática”. Hay una cierta euforia por la posibilidad que la Alianza gane en Cerro Navia, denominada por Lily Pérez un “bastión del girardismo“; entre otras.
Todo esto forma parte de la guerrilla comunicacional propia de las contiendas electorales. Contra el poder mediático de la derecha, surge la figura de Francisco Vidal – el vocero de gobierno – que sacará a flote lo mejor de su dialéctica.
Las elecciones no se ganan ni se pierden, se explican. Esa frase se repite constantemente en estos períodos. Lo importante es interpretar, politicamente, estos resultados. Interpretar quien gana y quien pierde con una elección.
Independientemente que el grueso de los candidatos y candidatas estén omitiendo el partido político al cuál pertenecen, la coalisión a la cuál están integrada, la letra y el número que los identificará en el voto, lo que se disputa son ideas de sociedad, conceptos de como se deben hacer las coisas.
Aunque sea en el espacio local, eso debe quedar muy claro. No es lo mismo votar por uno o por otro. No lo es a nivel del país – por ejemplo, en la próxima presidencial – y tampoco lo es en la comuna – en la elección del domingo 27 de octubre -.
20 AÑOS DEL TRIUNFO DEL NO. ¿Qué estaba haciendo ese día?
¿Dónde estaba hace 20 años? A la hora en que comienzo a escribir esta nota – 11 de la mañana – habían transcurrido varias horas que estaba de pie. Había sido elegido – al igual que mi mamá – vocal de mesa y, por tanto responsable del proceso del plebiscito conocido universalmente como “EL SI Y EL NO”.
Esa mañana, al igual que miles, decenas de miles, cientos de miles, millones de chilenos y chilenas, me levanté muy temprano, a obscuras, tuve mis “rituales cotidianos” – bañarme, tomar desayuno, juntar mis útiles personales para esa jornada – y quedar en condiciones de iniciar una de las jornadas más importantes de mi vida. Mi mamá es una mujer sencilla. Vivía en el campo y, sin dudas tenía una mirada mucho más restringida que la mía. No quise contaminarla con mis temores, que no eran pocos esa mañana.
Yo había egresado un par de años antes de la Universidad y había sido parte activa de los movimientos y movilizaciones estudiantiles que a mediados de los años 80 – 1982 a 1987, aproximadamente – y junto con otras movilizaciones populares, nos habían llevado a creer en la posibilidad que pondríamos fin a los largos años de Dictadura Militar. En esa idea participé en cuanto movimiento u acción – que carcomiera los cimientos de la Dictadura – surgiera en mi entorno.
Habíamos partido con manifestaciones relámpago – recuerdo nítidamente una realizada por no más de 12 o 15 personas, bajo un diluvio, en la plaza de armas de Talca -, marchas, caceroleos, huelgas de hambre, rayados, construcción de barricadas, distribución de panfletos, peñas folclóricas, actos solidarios, “velatones”, “cuchareos” en los casinos, reuniones clandestinas, actos públicos, “puerta a puerta”, “pegatinas”, tomas, romerías a cementerios, visitas a los presos políticos, sesiones de lectura, elecciones de centros de alumnos y de federaciones de estudiantes, debates, convencer a los indecisos, salir a “panfletear” bajo el toque de queda, entre otras. Todo tenía un solo objetivo, contribuir a poner fin a un gobierno tiránico, que infundía miedo, que usaba la violencia física – incluso a nivel de asesinar – y psicológica como instrumento de poder. Poner fin a un gobierno despótico que no había respetado la Constitución ni las leyes impulsando a que Salvador Allende se inmolara en La Moneda antes que traicionar – como los cuatro comandantes en jefe de las fuerzas armadas lo hacían – el juramento o promesa realizada.
Entre otras ideas que tuve esa mañana, fue imaginar que no volvería por la tarde. Desconfiaba demasiado de Pinochet y de los militares. Los meses previos, al igual que muchos y muchas a los largo del país, habíamos dejado los pies en la calle, explicando, convenciendo, pintando, marchando, cantando, buscando apoderados, soñando y haciendo soñar con eso que denominamos la “alegría que venía”. Estaba y estábamos excitados con la idea de poner fin a un período oscuro de nuestra historia, con la idea de posibilitar que nuestros hijos e hijas, que nosotros mismos pudiésemos volver a transitar por las calles de Chile sin el riesgo de caer en una atentado inexistente, ser desaparecido, terminar en una cárcel secreta. Sin tener que volver a ver a mi mamá llorando por el temor de que algo me pasara, algo que fuera ocasionado por quienes habían jurado proteger y defender a sus conciudadanos. Pero, ¿aceptarían la derrota?, ¿no estarían dispuesto a borrar con el codo lo que habían firmado con la mano?. No podía dejar de pensar que Pinochet había jurado lealtad a la Constitución y al Presidente Allende que lo había nombrado Comandante en Jefe y, peor aún, durante las primeras horas del golpe de Estado, estuvo preocupado por su integridad.
Otra idea era si efectivamente todas las personas con quienes habíamos conversado y nos habían prometido su apoyo en el voto NO, llegarían a consumar su promesa. Habíamos trabajado mucho. Muchas personas habían trabajado mucho, recorriendo ciudades, pueblos, campos, poblaciones, barrios, localidades. Plazas, ferias libres, colegios, universidades. Habíamos emocionado con la “Franja del NO”. Con la imagen de la abuelita que compraba una bolsita de te;
con la imagen de un grupo de jinetes; con el testimonio de la mamá de un famoso y popular futbolista Carlos Cazsely. Reímos con la lengua de un joven donde estaba pegada una calcomanía del NO, con los limpiaparabrisas de un auto en movimiento, señalado que estábamos por el NO. Habíamos estado en muchos actos públicos. Congregando a pocas personas o compartiendo con multitudes. Caminando cuadras y cuadras. Levantando banderas. Organizando, asistiendo, debatiendo, gritando consignas. Pero, ¿habríamos trabajado lo suficiente?, habríamos sido todo lo convincentes, habríamos llegado al alma de cada chileno o chilena con derecho a voto.
Era mi segundo temor. No haber generado consenso sobre derrotar a Pinochet y no esperar que su vejez y decrepitud nos librara de él.
Participar en un proceso electoral chileno como vocal de mesa es toda una prueba de civismo. Son muchas horas las que se destinan a implementar todo el proceso. Desde que las mesas se constituyen hasta que devuelves todos los materiales utilizados. Sin embargo ese día transcurrieron con una velocidad insospechada. Sólo había un momento importante: conocer el resultado.
Terminada la labor de vocal de mesa, de vuelta a la casa a mirar la televisión, conversar con algunos amigos hasta que las noticias van fluyendo. La imagen del comandante en jefe de la FACH reconociendo que el NO había ganado. Finalmente, lo esperado, Pinochet “tragándose el sapo” y explicando que el Plabiscito que el organizó para mantener el poder, le había sido adversa. Que en la carrera en que corrió sólo, había llegado segundo.
Nacía otro Chile.
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